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Larga es la cadena de pueblos que con sus restos arqueológicos nos narran su existencia y presencia, dando pie a enriquecer la historia de la comarca del Valle de Alcudia y Sierra Madrona.
El patrimonio cultural de la comarca huella de un pasado histórico viene marcado por tres ejes principales, el arte rupestre, la minería y la trashumancia.
La pintura Rupestre Esquemática se asocia generalmente con los primeros pobladores estables de este territorio. Son gentes de la Edad del Cobre y Edad del Bronce (2.500 – 1.100 a.C.) que viven en pequeños asentamientos situados en lugares estratégicos de la sierra, controlando los pasos naturales. Su economía se basa en la agricultura y la ganadería y se complementa con la caza y la recolección.
        La minería ha sido determinante en el devenir histórico, social, económico y cultural de las distintas comunidades instaladas desde tiempos remotos en la comarca del Valle de Alcudia, marcando una impronta imborrable, que en buena parte ha condicionado su actual paisaje.
En el distrito de Alcudia existe una gran profusión de indicios mineros, se han catalogado un total de 484 minas metálicas en una extensión de 2500 Km2, en la mayoría de los casos se trata de yacimientos filonianos de plomo (galena argentífera) y zinc.
Desde la época protohistorica, Bronce Final (siglo VIII a C.), se dispone de datos sobre la actividad minera en el Valle de Alcudia, aunque posiblemente su aprovechamiento sea incluso anterior; siendo en los años 70 del siglo XX cuando terminaron los últimos trabajos. El yacimiento más importante es el tartésico íbero – romano de la Bienvenida, identificado como la antigua ciudad de Sisapo, importante en su época por su importancia minera.
El patrimonio minero comarcal es de tal relevancia que contempla, desde una de las principales minas de la época romana como Diógenes, hasta uno de los yacimientos pioneros en España en la introducción de las máquinas de vapor para desagüe, extracción y lavado como es el caso de Minas del Horcajo.
Posteriormente la presencia visigoda en el Valle de Alcudia y Sierra Madrona se manifiesta de forma puntual pero permite contemplar una continuidad de la ocupación del territorio hasta el periodo árabe, aunque la debilidad demográfica y la pobreza económica son manifiestas.
Con la llegada de las tropas  Arabo - beréberes, la comarca debió sufrir un largo período de destrucción de todo lo que había sido su antigua ocupación. En el siglo IX aparece este territorio integrado a Andalucía, denominándose “La Balalita”, zona de paso obligado entre Toledo y Córdoba, camino titular o principal en época Omeya.
Por todo ello la comarca ocupó un lugar preferente en esta función de comunicación, siendo una de las claves explicativas de su singularidad cultural.
 
Sin embargo, aquellos fueron siglos de guerras frecuentes y, consecuentemente, de destrucción y despoblamiento general.
Tras un período de conquista y reconquista, el rey Sancho III pregonó la cedería con todo su campo al que la defendiera eficazmente, reto que fue aceptado por el abad Raimundo de Fitero y fray Diego Velázquez, que fundaron una Orden religioso – militar en 1158, denominada la Orden de Calatrava.
 La donación del Campo de Calatrava incluía el compromiso de defenderlo y el de poblarlo, ya que entonces se encontraba desierto.
Poco a poco, y  partiendo de los primeros 20.000 repobladores de Navarra y Castilla, traídos por el Abad de Fitero, los pueblos fueron creciendo.
Tras las Navas de Tolosa en 1.212, batalla clave en la eliminación del poder musulmán en Calatrava, la comarca, que había sido violento escenario bélico, pasó a serlo de los ganados trashumantes, de los arriendos mesteños y de la consolidación del engranaje histórico entre ambas Castillas.
Son las Ordenes Militares y el alto clero, con sus deseos de crear cabañas propias en sus extensos dominios, quienes dieron lugar a la aparición de la Cabaña Real.
La Cabaña Real se asienta paulatinamente y es reconocida ya por Alfonso X en 1.273 con el nombre del “ Honrado Concejo de la Mesta de Pastores”, consolidándose en 1.278, donde se determinaron los peajes locales, la recaudación Real y las dimensiones de las vías de tránsito de los ganados trashumantes (Las Vías Pecuarias) que sentaron las bases de una comunicación regional entre ambas Castillas.
La Mesta es sin duda la gran protagonista de estas tierras, pues su actuación estuvo en el panorama político, económico y social de todo lo que sucedía en el Valle de Alcudia y sin ella éste no podría mostrar ahora su verdadera categoría histórica.
Junto a caminos y rebaños surgieron inconfundibles y como un elemento más del paisaje, las Ventas. Ligadas al correo, las Ventas del Valle de Alcudia fueron albergue para caminantes, trashumantes y animales, lugar de postas y, en ocasiones, origen de villas y aldeas. Cervantes en sus obras reflejo el cuadro que representaban estos lugares tan singulares, como en su obra Rinconete y Cortadillo, en donde se inicia en la Venta del Zarzoso y tiene escenas de la Venta de la Inés, ambas en término de Almodóvar del Campo.
odoy, fue el sucesor de la Orden de Calatrava en la posesión del Valle de Alcudia. Durante su administración se mantuvo la estructura latifundista que siempre caracterizó a este Valle, limitándose su actuación a la creación de una cabaña propia y a asegurarse la percepción de las rentas.
En 1.808, tras el motín de Aranjuez que supuso la caída de Godoy, Fernando VII ordenó la confiscación de los bienes de éste, pasando las dehesas de Alcudia a ser administradas por la Superintendencia de las Minas de Almadén.
En 1.823 las dehesas de Alcudia pasaron de nuevo al Patrimonio Real y posteriormente a la Administración de Bienes Nacionales, iniciándose a partir de entonces su definitiva desamortización.
La puesta en venta de tan elevado número de tierras no se tradujo en una distribución más equitativa de la propiedad, al no ir acompañada de una fragmentación de las mismas que permitiese unos precios asequibles para los pequeños agricultores y ganaderos. Por el contrario, la desamortización favoreció un proceso de acumulación de la propiedad que acentuó aún más el desequilibrio social existente.
Paralelamente se inició un intenso proceso de roturación que redujo notablemente la extensión de montes y dehesas, en donde la aparición del olivar y también del viñedo en escasa proporción, modificarían en algunas zonas el paisaje agrícola, y crearía la morfología rural que se ha mantenido casi intacta hasta la actualidad.
Por último, reseñar que la evolución de la población experimentaba altibajos a consecuencia de su carácter eminentemente agropecuario, intercalado con la importancia minera de la zona. Desde el Horcajo hasta Nava de Riofrío, desde la Victoria hasta Diógenes, decenas de minas marcaban una actividad económica y humana. Hoy día en ruinas, despiertan muchos recuerdos y mantienen junto a sus pozos en muchas ocasiones restos de poblados mineros que tuvieron mucha vida, lo que contribuía a mantener unos niveles de población en la comarca altos.
Pero una vez agotados los recursos mineros, decayó la población en la zona, viéndose acentuada a partir de la década de los sesenta, en la que hay un masivo éxodo rural hacia los grandes núcleos urbanos, que ofrecían unas mayores posibilidades. Así mismo, cabe señalar el hundimiento de un gran número de explotaciones familiares como consecuencia de esta política, cuyo objetivo primordial era fomentar el desarrollo de las grandes explotaciones agropecuarias. La decadencia de la ganadería extensiva explica en gran parte la regresión demográfica de la comarca, cuyo máximo exponente es Mestanza, pueblo eminentemente ganadero.
Hoy día, enmarcada en un espacio heterogéneo, arraigada en sus costumbres y tradiciones populares, cimentada en su estructura agropecuaria,  precisa de un toque de realismo y trato diferente, en donde su mayor riqueza radica en nuestro amplio y diverso marco natural, aderezado con un antiquísimo patrimonio  histórico - cultural, valores que preservándolos nos condicionarán una mejor calidad de vida y con ello un desarrollo sostenido y sostenible de la comarca, inscrita de este modo como un paraje singular y lleno de vida en el proseguir  de la historia.