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La Manchuela, llamada así por no responder puramente a los atributos típicos de La Mancha, se presenta como si de una Mancha humilde se tratara. Luz y austeridad entre bancales resecos han sido, secularmente, las notas propias que dominan en nuestra fisonomía y nuestro carácter comarcal. La Manchuela, pura tierra castellana, llana y de alto cielo, ese que los campesinos debieron levantar de tanto mirarlo, como dijera Miguel Delibes.

Este territorio de esencias rurales, igual y diferente a la vez, jalonado por los pantanos de Alarcón y Contreras y flanqueado por ríos Júcar y Cabriel, ocupa, de saliente a poniente y de norte a mediodía, una extensa superficie de más de 4.000 Km2 (un poco menos que las provincias de Álava y Guipúzcoa juntas). En medio centenar largo de pueblos, esparcidos en este confín oriental de las actuales provincias del Cuenca y Albacete, viven cada día unas 70.000 almas (tantas como en la ciudad de Toledo). Este es el marco de referencia, de pertenencia y de preferencia: el espacio sentido de La Manchuela.

En este escenario, muchas generaciones de lugareños, desde antaño hasta hogaño, organizaron su convivencia y recorrieron una peripecia común de historias y memorias. Fueron sus hombres y mujeres de todos los tiempos los protagonistas activos de la cotidianidad en esta tierra agostada y sedienta.

Comarca crisol de culturas antiguas. Testimonios, escritos y no escritos, nos iluminan sobre su largo pasado desde antes de nuestra era. Estuvo poblada por asentamientos iberos con ceca monetal en Ikalesken (Iniesta). Recibió influencias fenicias y cartaginesas según vestigios arqueológicos. La Tabla Peundgeriana nos informa de que estuvo cruzada por una ramificación de la Vía XXXI de Antonino, y al decir de Estrabón y Plinio el Joven, tuvo sedes romanas en Egelasta y Salaria (Iniesta-Minglanilla).

Fue tierra moros hasta que Alfonso VIII, según cuentan los Anales de Toledo, reconquistó a los almohades las plazas de Alarcón e Iniesta en los años 1184 y 1186, respectivamente. Zona repoblada hace ocho siglos a costa de asentamientos legitimados por el Fuero de Cuenca. Sus lugares, primero, fueron de señorío, dependientes del Marquesado de Villena, y de realengo, después, desde que las Concordias de 1476 y 1480 erigieran reina de Castilla a Isabel La Católica. Tierras ocupadas por repobladores y roturadas con la fuerza de la esperanza arrompiendo en eriales y pedrizas, abriendo besanas en los ejidos a base de arado romano uncido a yuntas de mulas viejas, afirmando con estas labores su derecho de propiedad. Espacio para la ubicación de villas, lugares y aldeas, que obtuvieron sus privilegios de exención. Se independizaron y separaron de sus villas mayores respectivas, comprando a la Corona su autonomía en ducados contantes y sonantes. Formaron sus concejos y dieron así lentos pero firmes pasos de identidad a lo largo de la secular cadena histórica.

Poblaciones como El Peral, Minglanilla, Ledaña, El Herrumblar, Villalpardo, Villarta, La Graja, El Castillejo, Quintanar, Las Madrigueras, La Casa de Simarro, Gil García, Campillo, Sisante, Villamalea, etc, se segregaron de las tierras de Alarcón, Iniesta, Villanueva de la Jara, Motilla, Vara de Rey o Jorquera, respectivamente. Las Relaciones Topográficas de Felipe II o Las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de La Ensenada nos cuentan que a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII sus comunidades fueron aldeas, crecieron y se convirtieron en villas de por sí y sobre sí y se autogobernaron con fuero propio.

Estas notas características, propias de la sociedad rural castellana tradicional, de autoconsumo agrícola y ganadero, desaparecieron cuando el tiempo de la modernidad alcanzó a La Manchuela con el llamado Plan de Estabilización. A partir de los años 60, con la mecanización del campo con tractores, cosechadoras, etc, se produjo una gran masa de mano de obra excedentaria, que se vio obligada a buscar la alternativa ocupacional y vital que aquí ya no tenían. El fenómeno migratorio alumbró el despoblamiento de casi un 40% de nuestra comarca. Muchos paisanos y familiares, con gran merma del potencial endógeno de nuestra tierra, tuvieron que mudar sus hatos a Valencia, Barcelona y Madrid. Y con sus pertrechos, estos hermanos en la distancia, también cambiaron sus relaciones, situándose en el desarraigo y la nostalgia.

Aparte de la descapitalización humana, las gentes que permanecieron en esta tierra, sufridoras impasibles de los reveses históricos, sobrevivieron alternando cultivos tradicionales, innovando productos como el champiñón o el girasol, haciendo más competitivas sus viñas, dedicándose al transporte o a la construcción. En definitiva, reaccionaron volcándose en una continua y progresiva voluntad de coexistencia. Se adaptaron a la dinámica y a la socioeconomía cambiante impuesta por los nuevos tiempos. Y aún hoy por hoy, en este periodo finisecular y finimilenario, que ha mimetizado el rasero global de la mundialización, continúan librando cada día su batalla por sobrevivir desde su autoestima y sus señas de identidad rural.