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Existe consenso en que las islas atlánticas que constituyen hoy día el archipiélago de Madeira ya eran conocidas por los pueblos europeos antes de su descubrimiento oficial, sobre todo aquellos que poseían mayor cultura marinera y mayor grado de conocimientos científicos. De hecho, estas islas aparecen representadas en algunos mapas italianos y catalanes del siglo XIV y son citadas en el Libro del Conocimiento allá por el año 1350.

 

 

Por ello no sería por mera casualidad que el glorioso Infante Don Henrique, conocido como el “Navegador”, un inteligentísimo hombre cualquiera que fuese la época en que viviesa, mandó a sus navegantes João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira a descubrir este archipiélago en el año 1419.  

Los propósitos del Infante Don Enrique eran muy claros al reclamar este nuevo enclave atlántico intentando encontrar la manera de cubrir las deficiencias del reino en cereales y hacer de este nuevo territorio un punto de apoyo para la expansión marítima que este personaje ya planeaba.

Madeira fue desde el inicio un punto de apoyo en la expansión marítima y un puerto de abrigo en las ricas rutas comerciales que unían el puerto de Funchal al resto del atlántico.

Después de la división en capitanías fue por el 1425 cuando se inició el doblamiento organizado de las islas, cuyos moradores se dedicaron casi en exclusivo y durante decenas de años al cultivo de los cereales. El cereal era exportado casi en su mayoría al continente europeo y también para las colonias que Portugal comenzaba a establecer en el continente africano.

Fue también el Infante Don Enrique el que impulsó la plantación de caña de azúcar en la isla a finales del siglo XV sustituyendo en gran parte al cultivo de los cereales. Surgía en la historia de Madeira el cultivo del azúcar, muy bien denominado “oro blanco”. Se exportó a toda Europa grandes cantidades de azúcar que trajo una inmensa riqueza económica y gran conocimiento de la isla de Madeira en todo el mundo civilizado de entonces. Fue uno de los períodos más ricos e importantes en el desarrollo del Archipiélago de Madeira. Época de esplendor en la que innumerables obras de arte sobre todo pintura flamenca, de la que el Museo de Arte Sacro de Funchal posee una de las mayores colecciones del mundo, llegaron a Madeira enriqueciendo la sociedad maderense.

A finales del siglo XVI el cultivo del azúcar comenzó a decaer, principalmente por el descubrimiento de Brasil y la exportación de este cultivo para el nuevo territorio donde la adaptación fue muy fácil y su cultivo mucho más rentable,  adaptación esa que se hizo con la ayuda de los conocimientos y la tecnología maderense.

Tras este período se sucederán numerosos ciclos agrícolas aunque nunca con tanto esplendor como el del azúcar. El ciclo que quizá más haya destacado sea el del vino. Fue a finales del siglo XVII cuando el cultivo de la viña comenzó a afianzarse y con el que la isla conoce un nuevo período de crecimiento económico y cultural.

El vino se hizo famoso en todo el mundo junto al nombre de la isla. Nuevamente la prosperidad posibilitó un nuevo ciclo en las artes y la arquitectura. En el momento de mayor auge de la producción se alcanzaron las 45 mil pipas de vino que eran exportadas casi en su totalidad para Inglaterra y sus colonias.

A pesar de todo también este ciclo del vino vería llegar su fin con los acontecimientos que afectaron a Europa en el siglo XIX, el fin de las guerras napoleónicas, la restauración de la paz y la modificación de los hábitos de consumo de los ingleses. Ahora era de nuevo posible comprar Jerez y vino de Oporto que, además, agradaba mucho a los ingleses. Así mismo, las enfermedades que diezmaron las viñas, el oidio y la filoxera, destruyeron gran parte del poder productivo de la isla.

Con las reformas políticas liberales que se suceden después de la derrota del absolutismo llegan a Madeira nuevos ideales y la lucha contra la crisis económica se hizo con nuevas inversiones que perseguían el reestablecimiento de la agricultura maderense, surgiendo de nuevo las plantaciones de cañas y de otros productos hortícolas y frutos tropicales, sobre todo el plátano.

Pero fue el nacimiento de una nueva fuente de producción económica la que da al archipiélago su fama actual, el turismo, que comienza a implantarse en la isla a mediados del siglo XIX.

Inicialmente fueron motivos meramente médicos los que trajeron los primeros turistas a la isla. La tuberculosis y otras enfermedades pulmonares se propagaban por Europa y los médicos ingleses y alemanes comenzaban a recomendar estancias en lugares de clima suave requisito de la isla de Madeira satisfacía plenamente. El paso de muchos ingleses por la isla también se debió a que muchos viajaban desde las colonias inglesas en África, y aprovechaban para prolongar su estancia en la isla para irse adaptando al clima europeo más frío.

No fue hasta fin del siglo XX que se crearon muchas de las infraestructuras que han permitido el crecimiento más importante del turismo, el aeropuerto, el aumento de la operatividad del puerto de abrigo posibilitando la presencia de grandes cruceros, nuevas mejorías en las comunicaciones internas, etc., todas ellas posibles gracias al apoyo de la Unión Europea. Hoy día la isla cuenta con una población de casi 260 mil habitantes, muchos de los cuales trabajan en esta verdadera industria del turismo o en actividades relacionadas con la misma.

Un fenómeno constante a lo largo de la historia de Madeira ha sido la emigración, que aunque de fácil explicación sin embargo se trata de un fenómeno social complejo, pues las condiciones de vida extremadamente duras hicieron que muchos maderenses buscaran mejores condiciones de vida en otros lugares como Brasil, Venezuela, África del Sur y muchos países europeos como Francia e Inglaterra o Alemania, incluso hasta se tiene constancia de la presencia de maderenses en lugares tan distantes como Hawai y las islas de la Polinesia.